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Querer ser una diva o una princesa se ha vuelto un pecado. Ahora los tacones, la escarcha (mirella), las flores y hasta la cuchilla de depilar tienen bando de oposición.

La razón: algunas mujeres se han cansado de los símbolos que hace muchos años nos han representado socialmente, defendiendo que somos más que unas pobrecitas atrapadas en un castillo esperando a que un príncipe azul nos libere.

¡Y me encanta!

Me encanta que luchemos por tirar a la basura la etiqueta del “género débil”, que nos revelemos ante la imposición de necesitar a un hombre para que nos haga reinas, que eduquemos a las nuevas generaciones en un mundo en el que los niños pueden vestirse de rosado y las niñas de azul; y en donde no sea un desmadre el hecho de que una mujer no quiera ser madre.

Me encanta que hayamos bajado al 90-60-90 del trono, que le hagamos golpe de estado al color rosado como único líder del género; y que nos cuestionemos por qué, para qué, y especialmente para quién, hacemos lo que hacemos.

Pero, ¿qué pasa si después de todo eso, queremos seguir viéndonos como unas reinas? ¿Por qué asumir que los tacones nos restan cm de valentía o de autoestima?

Yo creía que el estigma de las bonitas brutas era un tema que había quedado enterrado el siglo pasado y que Elle Woods en `Legalmente Rubia (2001) le había dado una lección al mundo a principios del milenio. Pero no, 20 años después (y una pandemia en curso) le siguen declarando una guerra a la vanidad. Y si antes era pecado no ser delicada, ahora resulta que el pecado es querer serlo.

Además, hay princesas de princesas.

Pocahontas y Mulán son las precursoras del empoderamiento femenino en Disney: unas mujeres hermosas y poderosas, fuertes e independientes que rompieron con los esquemas… pero siguen siendo princesas. ¿Y qué me dicen de Fiona (Shrek, Dreamworks)?, que lamentablemente tuvo que elegir entre verse como un ogro o como una reina… pero siempre fue la misma en esencia.

Por eso no se trata de condenar al mundo cursi, ni de juzgarnos a las mujeres que disfrutamos de él. Tampoco de presionarnos para que dejemos de depilarnos, maquillarnos, de usar brasier o de “desnaturalizarnos” (porque ahora algunas consideran que por ejemplo, el uso de jabones íntimos es una desnaturalización de la mujer, argumentando que “el olor a rosas no es el olor natural de nuestra vagina”.

Pero Nosotras también queremos ser libres de escoger a qué queremos oler, porque merecemos ser tan libres en nuestros derechos, como en el color de pintarnos nuestros labios.

Queremos usar cremas anti-edad, soñar con una historia de amor como de película así comprendamos que eso no es lo más importante en la vida; queremos seguir a las Kardashian sin ser juzgadas, hacer ejercicio y que eso no defina nuestro prototipo, pintarnos las uñas y sentirnos divas aunque les cause risa.

Queremos sentirnos bien por usar jabones íntimos y queremos tener derecho a depilarnos las axilas sin que nos vean como sumisas; pero sobre todo, queremos demostrar que la lucha no tiene por qué reducirse a dejarnos los pelos de las piernas… ¡sino a no tener pelos en la lengua!

He dicho.

Atentamente,

Ana Listas.

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